La Conciencia y el Sistema Político

LA CONCIENCIA Y EL SISTEMA POLÍTICO

Han ido pasando los años -una treintena para ser exactos- desde que la mayoría del pueblo español aprobara en un plebiscito el marco jurídico-legal que auspició el  tránsito de la Dictadura a la Democracia. La Constitución española representaba  los cimientos de un edificio que los dirigentes políticos debían acabar de construir. Sin embargo,  lo que surgió de aquel loable proyecto no ha sido la que tenía que ser Casa de todos. Lo que tenemos ahora es un auténtico bunker, cerrado a cal y canto, donde habitan la corrupción y otras lacras, ambas perpetradas por los llamados a ser los "representantes del pueblo".

  Pero, por fin, una parte importante de la ciudadanía se ha dado cuenta de la farsa. Las consecuencias: un desinterés y un hartazgo creciente hacia la política  se han instalado en muchas personas. Baste comprobar -lo que debería de ser alarmante para el sistema- la elevada abstención que de un tiempo hacia acá se está produciendo en numerosas consultas populares, ya sean en las  elecciones a las instituciones, o en referendos como por Ej. para la Constitución europea y estatutos de autonomía; en estos últimos se han registrado máximos históricos de abstención, una vergüenza que, por lo menos, debería hacer sonrojar a los "señores dirigentes". Pero lejos de ello se despachan con declaraciones henchidas de prepotencia y de una indiferencia insultante  hacia la  Ciudadanía.

Naturalmente, que se va a esperar de unos dirigentes que sólo saben generar comportamientos y modos de obrar centrípetos y no centrífugos. Es decir, una clase política que se ha convertido, perversamente, en endogámica. Como endogámico es el lenguaje que exhiben en los medios de comunicación, todo un modo de hablar y expresarse que es al mismo tiempo abstruso y vacuo, donde las palabras, manoseadas sin ningún tipo de escrúpulos, acaban por perder su significado original; fíjense, si no, en la palabra democracia, como ésta sale continuamente por la boca de sus señorías a modo de ametralladora, convirtiéndose en martilleante retórica, para así persuadir a nuestros sentidos de aquello que éstos no perciben en la realidad. Esto y otras “lindezas” es lo que ha aprendido en todo este tiempo este auténtico gremio de dirigentes.

“No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”, reza una famosa máxima. Efectivamente, la conciencia atenta no se deja domesticar ni por un sistema alienado, ni por unos dirigentes que hacen de la mentira su profesión.

Alguien escribió una vez: “la democracia es el manto que tapa la corrupción”. El significado de esta frase cobra hoy en día su máximo sentido. No es que la corrupción sea parte del sistema, no, es que es el sistema mismo. Ya no se puede distinguir la parte sana de la enferma. Se han entremezclado tanto que resulta imposible discernir una de la otra. La corrupción es como una poderosa hidra que se ha abrazado de tal manera a la estructura primigenia del sistema y ha extendido tanto sus tentáculos, que finalmente ha acabado confundiéndose con él. Y es importante caer en la cuenta de esto. Porque precisamente es esto lo que permite acallar la conciencia al político. Así se excusa de responsabilizarse moralmente de lo que ocurre, ¿cómo si no podría dormir tranquilo? Llámenlo como quieran: naturalización de la corrupción o normalización de la misma. Claro, esto hace más difícil luchar contra ella, ya que el delincuente y el delito quedan difuminados sutilmente en la burocracia y sus recovecos. De algún modo la individualidad queda abolida. Es -sin caer en comparaciones- lo que le pasó a al nazi Eichman en el juicio celebrado en Israel allá por los años sesenta. Eichman había sido responsable de dirigir parte de la maquinaria del exterminio judío. En un momento de dicho juicio se le acusó también de degollar con sus propias manos a un preso, Eichman indignado profirió: “yo no he matado a nadie”

Sea de un modo u otro, los que nos damos cuenta de este estado de cosas tenemos la obligación de actuar: primero señalando el mal, luego denunciándolo, y por último, utilizando la razón en sintonía con el corazón, que es la máxima expresión de la humanidad, intentar subvertir este desalmado sistema.

Manuel, un ciudadano en blanco